Tras el rastro de Shem

Siguiendo los pasos del esclavo huido

10 Junio 2009

Control

Vivir solo y tener tres vehículos (dos motos y un coche) parece excesivo, pero las cosas a veces se presentan en forma de buenas oportunidades imposibles de rechazar, y uno deja a un lado, claro está, aspectos tan triviales como la verdadera necesidad. ¿Crisis? ¿qué crisis? Me compro el coche y que se mueran los feos.

Bueno, al lío. Recientemente se me estropeó el elevalunas eléctrico de la ventanilla del conductor del coche que compré no hace mucho (segunda mano, la crisis, coño!). La “luna” no quería “elevarse” “eléctricamente” y tuve que hacerlo a mano, cosa que me costó un huevo y parte del otro. No quedó del todo cerrada, asomaba una pequeña rendija por la parte superior, pero bueno, daba el pego y parecía estar cerrada si no te acercabas mucho.

El caso es que una noche, al volver del partido de los lunes, me topé con un control de alcoholemia en la entrada de Terrassa. Casi en medio de la calzada encontré de repente un poli con la típica espada láser haciéndome señas para que parara en un lateral donde ya había otros dos coches. Paré allí en medio tratando de no llevármelo por delante porque, manda cojones, vaya sitio escogió el tío para hacer de Luke Skywalker. El intrépido policía se acercó e hizo señas con la espada láser para que bajara la ventanilla y a mí, ustedes me entenderán, a esas horas, cansado como estaba, no se me ocurrió otra cosa que decirle que no con la cabeza…con lo que cuesta subirla!! los cojones la voy a bajar! (esto no lo dije, solo lo pensé). Entonces el poli se acercó un poco más, y ésta vez con un semblante mucho más serio, parecido al que pone uno cuando ulgún niño del parque le pega un pelotazo a tu cerveza y sabes que es ilegal matarlo por tan poco, hizo otra vez el gesto con la espada láser para que bajara la ventanilla, esta vez un poco más enérgicamente.

Yo, como buen padawan, decidí abrir la puerta para explicarle al maestro de las luces que no funcionaba el elevalunas, pero aún no había abierto ni medio palmo cuando se abalanzó de un salto, que pensaba yo que el tío iba a tirarse encima del capó en plan Miami Vice, y me gritó “¡No salga del coche, baje la ventanilla!!!“. Coño, no me lo esperaba, me asusté tanto que cerré de un portazo y casi vuelco el coche desde dentro. Entonces se produjo un momento de tensión. ¿Y ahora que hago? Me lo quedé mirando sorprendido, él se me quedó mirando desafiante. Transcurrieron unos segundos en los que, estoy seguro, cualquiera de los dos se esperaba cualquier cosa del otro.

Decidí optar por el método imbécil. Intenté acercar la boca a la rendija que quedaba abierta en la parte superior del cristal, pero como mi boca está felizmente centrada en mi cabeza eso me obligó a pegar estúpidamente la cara contra la ventanilla. Tímidamente grité “que no me va la ventanilla!!!” tratando de imaginar que estaría pensando el poli viéndome con la cara aplastada contra el cristal. Por si acaso había más de un imbécil, además de mí, en los alrededores, volví a gritar “que no me va la ventanilla!!!” El poli dijo algo pero no llegué a oírlo porque tenía la radio puesta.

Y otra situación embarazosa. No sabía que hacer. Aquello parecía un interminable duelo de imbéciles. Me quedé mirándolo de nuevo ya no sé ni con qué cara. Él me miraba también medio cabreado medio desconcertado. En aquel instante toda clase de preguntas cruzaban mi mente ¿me habrá escuchado? ¿que hago? ¿abro la puerta otra vez? ¿y si se cabrea y me ataca con la espada láser? ¿y si pasa de mariconadas Jedi, y directamente desenfunda y dispara? Se me ocurrió también alguna solución desesperada, como gritarle “¡¡¡Que soy funcionario!!!! Para controles de alcoholemia pase por la otra ventanilla, por favor!!!

Decidí arriesgarme. Abrí la puerta sabiendo que me jugaba un espadazo o un disparo, y en cuanto la abrí grité de nuevo “no me va la ventanilla!!! no me va la ventanilla!!!!” como si me fuera la vida en ello. Vamos, que me faltó nada para tirarme al suelo boca abajo con las manos en la cabeza por no poder bajar la puñetera ventanilla. Se acercó con semblante serio pero ya más calmado y preguntó “¿viene usted de trabajar?” No, vengo de jugar un partido. Se asomó y vio la bolsa de deporte justo a mi lado. “Puede usted continuar ¡CIRCULE!!“. Cerré la puerta, metí primera y salí cagando leches.

Ufff, vaya rollazo he soltado, perooooo… coño, si me ha salido un post!!!!

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